Crítica del estreno de Orilla del Mundo

Un pianista que respira flamenco en cada nota

 

El espectáculo que Alfonso Aroca presentó el pasado jueves rodeado de una fantástica cohorte en el Teatro Góngora es el exitoso resultado del tesón y desde luego el concienzudo trabajo realizado con su disco Orilla del Mundo, que necesariamente ha de reportarle los reluctantes frutos que desde aquí no tenemos por menos que augurarle. Con su melodioso y lírico toque al piano, acercándose a la impronta jonda de la guitarra -como lo hicieran Arturo Pavón, José Romero y anteriores como Pantión, Eloísa Albéniz y alguno que otro de los llegados después- quiso corresponderse con los palos flamencos que acometió esa noche, como en otros encuentros precedentes, acompañando a Juan Valderrama, Guadiana, Josemi Carmona, Raimundo Amador y demás que se han beneficiado de su dotes. 

Este joven pianista dejó patente que se siente flamenco aunque en su palmarés consten -y él no le dé la espalda- amplios conocimientos clásicos y, desde luego, el de otras músicas coetáneas. Y es que, Alfonso Aroca sentado a las teclas de su pianoforte saca lo jondo que posa en sus adentros cuando con sus arreglos, como es el caso que tratamos, se empleó por tarantas-seguiriyas y fandangos de Huelva, y no digamos en la soleá-rondeña-bulería con la que nos pellizcó, antes de prestarle dedicación a una pieza de jazz en honor de una figura de esta disciplina admirado por él, para proseguir, trasladándonos a los aires gallegos por farrucas, antes de saltarse el océano y en aquella aludida “orilla del mundo”, con todo el frenesí empleándose en sus músicas con una tanda de bulerías, donde también cupieron reminiscencias de los sonidos orientales. Y cómo no admirar el virtuosismo que aflora en la recopilación de este Orilla del Mundo, denotando el flamenco que respira con cada nota. 

Bienvenido sea este primer trabajo, fruto de la inquietud de un músico que no quiere “orillar” nada de lo hermoso de la disciplina artística que profesa, para el que no ha recortado esfuerzos incluso reclamando la ayuda del micromecenazgo que hoy se impone. Dando por sentado que para él el flamenco aparece en primer término, sin por ello tener que renunciar a tantas otras bellas expresiones, con el instrumento con el que su espíritu se prolonga, dominando y mostrando a quienes quieran atender, esas músicas que se dan con fruición en otras latitudes y no digamos las que son tan cercanas a la nuestra, de la hermana América, la de los ancestros que tenemos de África y de una buena parte de Oriente. 

Quede aquí nuestra sincera valoración, como inequívocamente el aforo del Góngora se lo mostró jaleando y aplaudiendo durante todo el recital, y ya con palmas de tangos para insistir en que se estirara con un bonito bis al que accedió por cantiñas cordobesas, Pinini y Cádiz.

 

Baldomero Pardo, para El Día de Córdoba. Córdoba, 11 de abril de 2015.

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